El político y el científico. Ensayo

El discurso de Max Weber, El político y el científico, surge en un contexto de turbulencia política y social en Alemania. La derrota en la Primera Guerra Mundial arrastró al emperador Guillermo II, al régimen monárquico que imperaba y provocó el estallido de una revolución que buscaba un nuevo régimen político que debía darse al país[1]. Sin lugar a dudas, Weber, como gran conocedor de los sistemas políticos que había en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, y teniendo claridad de las dificultades por las que pasó el régimen monárquico alemán, procuraría influir en la búsqueda del nuevo sistema político para su país. Por tanto, abogó por la implantación de un sistema parlamentario, así como por reformas electorales y constitucionales. De igual manera, criticó fuertemente el régimen de Guillermo II, que consideraba como un régimen en el que el poder del Estado estaba en manos de la burocracia[2]. La idea que apoyaba Weber de que el gobierno surgiera del Parlamento, estaba encaminada a lograr que este sitio fuera un lugar en donde se genere «una clase política con valores propios de la profesión política (sentido de responsabilidad y toma de decisiones) y desplace a quienes no están capacitados para esa función (el funcionario, dotado de una ética de obediencia y, en este sentido, irresponsable)»[3]. Siendo esto así, conviene comprender qué entendía el autor por política y por qué era importante que en un Estado ésta se desarrollara como una carrera profesional.

Por política, en un sentido restringido, el autor entiende la aspiración a participar en el poder dentro de un Estado. El político, esto es, la persona que hace política, siempre buscará acceder al poder, al poder como un fin en sí mismo o como un medio para conseguir otros fines (que pueden ser egoístas o altruistas). Sin embargo, siendo el Estado una relación de dominación de hombres entre hombres que se vale del uso legítimo de la violencia, el político necesita contar con autoridad para que los dominados le obedezcan. Existen, pues, tres tipos de legitimidad mediante los que las personas logran que otros le obedezcan: la tradicional, que se basa en las costumbres inveteradas que no son cuestionadas por el dominado; la legal, que se basa en la creencia de la validez y el deber de obedecer las leyes; y, por último, la legitimidad carismática, que se deriva de un atributo particular que ven los dominados en el político. La legitimidad carismática es la que más le interesa, ya que considera que en ella se encuentra situada la idea de vocación. Siendo así, el político por vocación sería aquel que se ve como un conductor de hombres, y que encuentra legitimidad y obediencia en los dominados por el hecho de ser él y de tener carisma. De la política se puede hacer una profesión: se puede vivir para la política, cuando el político orienta su vida hacia el ejercicio de la política y no necesita de los ingresos que le pueda brindar la misma; y se puede vivir de la política, cuando el político requiere y utiliza a la política como una fuente duradera de ingresos.

Weber, también expresaría las cualidades que debía tener un político profesional con vocación para la política: pasión, esto es, una entrega apasionada a una causa; sentido de responsabilidad, que supone tener en cuenta las consecuencias que se pueden desprender de las acciones; y mesura, o capacidad para no perder la tranquilidad ante las situaciones adversas. Por otra parte, también hay ‘pecados mortales’ en la política: la falta de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad.  Como se puede apreciar, para el autor, gran relevancia tuvo la idea de responsabilidad del político. Esto se puede explicar teniendo en cuenta el sistema que le tocó vivir. Por ejemplo, en Alemania, el emperador nombraba al canciller, y éste no tenía responsabilidad frente al Reichstag[4], sino frente al mismo emperador; a su vez, el canciller se rodeaba de ministros que tampoco eran responsables de sus actos, sino que se limitaban a seguir órdenes. El Reichstag no podía exigir responsabilidad ni al canciller ni a sus ministros y, tampoco, incidía en la formación o disolución del gobierno; por tanto, «la institución de mayor representación popular no era en los hechos importante en cuestiones de gobierno»[5] y, entonces, la voluntad popular quedaba relegada. De allí, pues, puede comprenderse la importancia que tenía para Weber el hecho de poder contar con un líder carismático que fuera legitimado por la fe de las masas y que tuviera responsabilidad frente a las mismas. Es decir, ya no era adecuado contar en las altas esferas del gobierno con funcionarios que obedecieran órdenes, sino que se hacía necesario contar con un líder político que tomara decisiones y que tuviera responsabilidad. Además, se comprende la separación que hizo entre funcionario y político, siendo el primero quien no actúa con responsabilidad y podría echarle la culpa al otro (como el canciller y sus ministros), mientras que el segundo es la persona que actúa con una ética de la responsabilidad, en la que se prevén las consecuencias de las acciones y no, en cambio, con una ética de la convicción, en la que se responsabiliza a otras personas de las consecuencias malas de la acción.

Ahora bien, Weber no solo se ocupó de hablar de la política, el papel del científico también fue de su interés. Su discurso, La ciencia como profesión, está encaminado a criticar el concepto tradicional de ciencia. Weber criticó el hecho de que se entendiera que la ciencia podía «proveer valores para la acción»[6], es decir, en que la ciencia podía decir qué cosa era deseable hacer, qué cosa no se debía hacer y, entre dos cosas, cuál tenía mayor importancia, cuál era más relevante. La ciencia, dirá Weber, implica un conocimiento de los fenómenos del mundo en cuanto tales, en cuanto son y nos indica qué medios son apropiados para conseguir ciertos fines en una situación concreta. «La ciencia sólo explica la lógica de funcionamiento del mundo, pero nunca su sentido, pues en ningún caso puede responder si los hechos que estudia son valiosos o no, si vale la pena que existan o no, si es deseable que surjan, perduren o desaparezcan»[7]. Weber se pregunta, pues, por la finalidad que tiene la ciencia. Responderá, en primer lugar, que la ciencia ofrece una finalidad práctica (técnica) que permite orientar nuestro comportamiento práctico de acuerdo a lo que la experiencia científica ofrece. Además de esto, la ciencia «proporciona métodos para pensar, instrumentos y disciplina para hacerlo»[8] y, por último, la ciencia ofrece claridad, entendida como la forma en que se puede conocer con precisión qué medios son más prácticos para llegar a determinado fin.

En suma, en la lectura del texto de Weber, puede apreciarse una necesidad de resaltar las diferencias que existen entre el papel del político y el papel del científico. De nuevo, aquí encontramos presente la distinción entre el ser y el deber ser. Mientras que el político se encarga de escoger (porque considera que debe ser) uno entre mucho valores y fines (que pueden ser opuestos), de desarrollarlo, de orientar sus acciones para lograr el cumplimiento de ese valor y de asumir la responsabilidad por las consecuencias que puedan venir aparejadas al cumplimiento de ese valor; el científico, en cambio, se encarga de describir un valor, mas nunca podrá decir si ese valor es bueno o es malo, si es conveniente o inconveniente. Por tanto, resulta erróneo intentar descubrir en el político características del científico y viceversa. En eso estaba pensando, por ejemplo, cuando le dijo a los estudiantes de Múnich que el valor de un científico o profesor no dependía de sus cualidades de caudillo (cualidades que sí son importantes en el político)[9]. El político deberá caracterizarse por el apasionamiento por la causa que emprendió, en cambio, y de manera opuesta, el científico tendrá como toque particular la pasión por el desapasionamiento, esto es, el uso de la neutralidad valorativa como actitud para «ser capaz de soportar la lucha irreconciliable de los contrarios sin por ello descomponerse psicológicamente y quedarse así por debajo de lo que la madurez y la honestidad intelectual exigen»[10].

En último término, considero relevante ejemplificar la distinción entre ciencia y política. En este momento, aunque han pasado más de noventa años desde que Weber dictara las dos conferencias que hoy son objeto de estudio, sigue habiendo confusión en cuanto a las tareas que desempeña el político y el politólogo. Incluso, muchos estudiantes llegan a la universidad para estudiar ciencia política y piensan que con ello muy probablemente llegarán a ser presidentes o, por lo menos, ministros de algún despacho. Las actividades de uno y otro son distintas. Por un lado, el politólogo, de acuerdo con José Antonio Rivas, es un profesional, «un analista de la política que poseyendo una diversidad de conocimientos, enfoques y perspectivas teóricas como principales herramientas, se abre paso en el abordaje de los diversos fenómenos y problemáticas que caracterizan a la política»[11]. Por el contrario, el político no requiere ningún estudio, su actividad no es objetiva, reflexiva, sistemática, científica y no está orientada por un método, sino que, como mínimo, el político necesitará convencer a las personas de que voten por él. El político busca acceder al poder, el politólogo, en tanto, solo quiere describir la actividad del primero. En últimas, y ya para finalizar, considero que del texto de Weber puede extraerse una nota fundamental: el hombre de ciencia no puede asimilarse al político y, ni al uno ni al otro, pueden exigírseles actuar como el otro.


[1] FRANZÉ, Javier. ¿Qué es la política? Tres respuestas: Aristóteles, Weber y Schmitt. Editorial Catarata, p. 46

[2] Ibíd., p. 49.

[3] Ibíd., p. 50.

[4] El Reichstag era, en el nivel central, la principal institución representativa. Era una asamblea elegida por sufragio universal masculino, que se encargaba de controlar los actos de gobierno, ejercer el poder legislativo y votar las leyes.

[5] FRANZÉ, Javier. Op. cit., p. 68.

[6] Ibíd., p. 87.

[7] Ibíd., p. 98.

[8] WEBER, Max. El político y el científico. Círculo de Lectores, S.A., p. 143.

[9] Ibíd., pp. 141-143.

[10] Ibíd. Prólogo de Javier Rodríguez, p. 18.

[11] RIVAS LEONE, José Antonio. Retos y desafíos de la ciencia política. En Papel Político N° 13. Octubre de 2001. P. 3